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Me creo cualquier cosa

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La primera idea que a uno se le viene a la cabeza cuando Maxi anota el penalti definitivo es que Países Bajos decepcionó profundamente, pues difícilmente encontrará una oportunidad en la que las posibilidades de acceder a una final sean tan altas. Argentina, después de conseguir dos goles si juntamos octavos de final (minuto 118), cuartos de final (minuto 8) y semifinales, se plantará en el último partido frente a Alemania con cinco derrotas pírricas y un empate y, lo que es peor aún, con esa cara de cordero lacrimógeno que le ha servido hasta ahora y, por qué no, le puede servir para alzar la copa pese a que el calibre germano sea de 200. Ya me creo cualquier cosa.

Decía que me decepcionó Países Bajos por varias cosas, aunque la más palpable es la poca hambre que dispuso en el césped. Cuando uno se enfrenta a unos argentinos, instintivamente le recorren por el cuerpo esas ganas de morder(les). No supieron aprovechar ese mecanismo natural de todo ser humano lleva consigo. Es cierto, los argentinos tiene ese gen, incluido hasta en el gentilicio, que irradia soberbia allá por donde van, como si por decreto utilizaran la mala educación para conseguir sus objetivos. Hay que ganar, claro, pero riéndonos del rival, ya sea con un canto en la intimidad del vestuario o con una columna a plena luz del día. Ese rencor guardado sin llave, sin candado, que aflora si se les roza o se les raspa, como decía Demichelis sobre Robben. De esta forma, nadie creía en Argentina salvo los argentinos.

Aunque, verdaderamente, pareció lícito que los sudamericanos llegaran hasta el penúltimo escalón viendo la igualdad que se presentó en la primera parte. Llamemos igualdad al aburrimiento y ni tan siquiera los defensores del fútbol moderno harán mueca. Cito aquí el primer acto por puro respeto, pues no hubo cosa más apestosa en el resto del Mundial que el olor a miedo que se atisbaba desde el televisor. ¡Qué horror! La grieta emocional se acentuaba a raíz del espectáculo del día anterior, que hasta los palos del córner parecían rebozados en oro y, los de la segunda semifinal, estaban roídos y amarillentos, casi a punto de caer al no ver acción cerca de ellos. En esto que, hablando de justicia, inexplicablemente, Argentina dio algo más, asomándose por la banda derecha y obligando a despejar a Países Bajos. Mascherano…¡MASCHERANO! Era el jefe del partido, para hacer honor a su mote y su orgullo. En cambio, no había Robben ni velocidad, así que los europeos se conformaban con centros diabólicos de Sneijder, que tiene un golpeo que da tanto pavor como las balas del Oeste, rebotando una y otra vez. Descanso, afortunadamente.

Ocurre que en estas situaciones se desea que el reloj avance y avance sin freno, que alguno meta un gol de forma injusta y se evite la prórroga, porque ya de por sí era un milagro que millones de ojos en todo el mundo estuvieran pendientes del partido sin contar a los morbosos que deseaban más humillación contra el anfitrión. Llegó a sobrevolar el Arena Corinthias la sensación inequívoca de que el karma, quien demasiado nos había dado con Alemania para que le pidiéramos en otro partido, nos hubiera otorgado toda la felicidad en otros partidos. Con este preámbulo, se antoja difícil que en la final se anoten más de dos goles, por aquello de que hay que compensar.

No obstante, Países Bajos mejoró, como forma de rebelión o por simple cariño al deporte. Mejoró teniendo la pelota, pues ni sabía qué hacer con ella. No tengo anotada ninguna ocasión clara de los europeos en la segunda parte, sólo recuerdo a tipos de naranja tocando, tocando y…¡tocando! la pelota. Sin rumbo, claro. Aquella tortura haría cantar al capo de la Camorra en diez minutos. La cosa siguió su curso y se temía que el fútbol se muriera allí mismo, sin posibilidad de que Argentina o Países Bajos acudieran a su reanimación. Hubo amagos de infarto en ocasiones de Higuaín y Robben, pero todo se solucionó con una pastillita de prórroga. ¿Cómo, 30 minutos más de fút…de esto?

Lo cierto es que, contra todo pronóstico, se vio una prórroga entretenida. José Antonio Luque gritaba y gritaba, lo que era símbolo inequívoco de que había o medias u ocasiones enteras.  El resultado era el mismo, porque uno es fiel a las costumbres y, si no ha marcado en 120 minutos, es porque no se lo merece. Llegados a los penaltis se produjo lo que suele ocurrir en estos parajes: unos meten más que otros. Los primeros tuvieron a Romero, que paró dos; los segundos tuvieron a Cillessen, que tocó dos. Parar o tocar, la diferencia de una final.

Twitter: @Ninozurich

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Alemania trae la unanimidad al fútbol

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Si esto fuera una crónica, la cosa acabaría en la primera línea. Pero no. Este texto trata sobre cómo un equipo de fútbol consigue inocular un virus en el organismo ajeno hasta reconvertirlo en un ser inservible, maniatado, en busca de la muerte como remedio a sus males. Brasil, ese experimento que terminó gritando a la muerte en una guillotina que no estaba afilada, cayó en propia casa merced a un verdugo que le cortó cada una de sus extremidades hasta llegar a la del cuello. Scolari vio en primera persona, en la banda del césped, cómo su creación, la selección que él organizó y aisló como un grupo imperturbable, se descomponía hasta citar el resultado como Catástrofe Mundial, si utilizamos un eufemismo.

No me tomaré mucho espacio para transmitir unos hechos que caben holgadamente en los libros de Historia. En los últimos años, ese adjetivo, el de “histórico”, ha perdido su valor como tal. Algo inaudito, casi irrepetible, que no ha sucedido nunca, un hecho que admite más admiración que explicación, que nos hace abrir la boca como testigos directos de un acontecimiento tan sórdido que asusta. Siempre hay que saber diferenciar y no tildar cualquier cosita de histórico porque, precisamente por la abundancia, ya nada nos parecerá digno de sorpresa. En términos futbolísticos, los siete goles que Alemania endosó a Brasil es lo más cerca que un servidor ha estado de presenciar algo verdaderamente relevante. Una eclosión clara y profunda, la que Alemania ha instaurado en Brasil, que no admite ningún tipo de justificaciones. En el fútbol, difícilmente se encontrará una sensación más cercana a la unanimidad que la que la victoria de los germanos, sin paliativos, de forma justa y contundente, ha dejado en Belo Horizonte. Alemania nos ha puesto de acuerdo a todos, nos ha transformado.

Posiblemente, el mayor regocijo que sentiría el aficionado balompédico sería una derrota de los anfitriones después de agasajar a su público con una final de la que parecía dueña por decreto. Ese regocijo, de forma paulatina, fue tornándose en pena, con el paso de los goles, en una mezcla extraña que simboliza la crueldad de la situación brasileña: los que se reían de Brasil cambiaron la risa por la pena, lo que, en cierta manera, es una mayor humillación para los sudamericanos. Cuando la pena acaece en la vida es porque se llegó a un extremo en el que la insalubridad acerca a la muerte. Brasil llegó enferma y acaba muerta, sin posibilidad de resurrección y sin necesidad de luto, por estar envenenada de críticas. Duro es volver a casa, pero más duro es no poder regresar a la propia porque ya se está en ella mientras los demás juegan en tu jardín. La soledad.

Twitter: @Ninozurich

Es humo

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Argentina es una selección desesperante, orgullosa, arrogante, áspera y marrullera que, además, no tiene problemas en mostrar estos atributos con tal de conseguir el fin deseado. Es típicamente argentina, lo que también conlleva ser ganadora. La selección de Sabella ha llegado a semifinales del Mundial de Brasil 2014 después de haber conseguido cinco victorias (Bosnia, Nigeria, Irán, Suiza y Bélgica) con una ventaja de un gol, con un juego que enervaría a Javier Clemente y con una gestión de los resultados digna de alabanza. Le gusta, además, presumir de que convierte los encuentros en bolas intragables para manejarlo a sus anchas y jugar con la desesperación del rival. Hasta ahora, los repuntes individuales de Messi, Di María e Higuaín les han sacado de los problemas ante rivales de entidad intermedia, aunque todo parece indicar que una subida en la exigencia –sin DiMa- dejaría a la albiceleste con lo único que tiene después del fútbol: palabrería.

El encuentro debería haber servido para que Bélgica solucionara la crisis de identidad que lleva arrastrando desde que le pusieran la cabeza con forma de elogio, lo que le ha hecho más prejuicio que beneficio a la hora de encarar este Mundial. Los de Wilmots, promesas en ciernes aderezadas con alguna realidad, esperanzaron a su llegada porque acumula muchos casis, pero todos ellos intermitentes. De Bruyne, como excepción, ha sido el jugador más regular, ya que las chispas de Hazard no han sido del todo continuas como se preveía. Y lo de Courtois, lo de Courtois es peligroso, pues nos está acostumbrado a brillantes actuaciones en cada partido a la edad de 22 años. Hubo, en todo caso, un halo de esperanza al comienzo del encuentro, algo que anunciara un ejercicio de sadomasoquismo con los argentinos postrados en el césped, una sensación que duró tres minutos, el tiempo que Argentina tardó en despertar y en asemejar a Bélgica al pedete del baño: sonoro en primera instancia y flojo al término.

A los de Sabella les vale un momento de lucidez para apropiarse del encuentro. Si es al inicio, mejor. La delantera sudamericana (re)mataría a su propia madre para celebrar el gol con gesto de rabia y apuntándose a sí mismo porque, ¿qué carajo es un argentino sin vanidad? Además, esa pizca de suerte añade más escozor y orgullo, así que la volea de Higuaín, que vino precedida por un rebote en jugador belga, se convierte en el gol que todo argentino busca: rápido y con suerte. A raíz de ahí, los de Sabella cogieron tanta confianza que Mascherano no falló pase y se mostró muy sólido, taconeando balones incluso y quitándose décadas de encima, como Demichelis, más juvenil por corte (de pelotas y de cabello). Con esto, Argentina se sirvió de Di María por 33 minutos antes de que sufriera un desgarro muscular en el muslo derecho y acabara con la fantasía del partido. Sin él, menguó su equipo y obtuvo la excusa perfecta para ralentizar el ritmo de partido y dar licencia a Romero para despejar fuera del terreno todos los balones que deseara. Argentina no quiso ni balón ni vida.

Muy poco de Hazard y algún disparo de De Bruyne y Mirallas fue el único bagaje europeo en la primera parte. La gratitud venía ya en el resultado, de milagro tan corto, pues los argentinos sólo tenían que estornudar para que la defensa contraria aflojara piernas. A la vuelta del descanso sí que se vio más ímpetu belga, cosa de la desesperación y la competitividad, aunque no impidió que Higuaín volviera a coger la bola, hiciera un caño y disparara al larguero, con el consecuente tembleque en los corazones de los europeos. Bélgica estaba lenta, sin ideas, como si de una bofetada le hubieran borrado todo lo que había aprendido en la fase de clasificación, todo lo que asimiló en su vida.

La cabeza de Fellaini o las intervenciones de Witsel/De Bruyne. No hubo más. Hasta Hazard, perdido en combate y acercándose más al peso de una carga que a ser un verdadero apoyo, salió del campo a falta de 15 minutos. Desde entonces, Argentina se acomodó en su área y no pasó peligro, sino que lo causó: Courtois salvó un mano a mano con Messi, que no le ha marcado este año. En definitiva, Argentina aguantó porque no le exigieron sobreesfuerzos, porque reguló su energía y fue humo, es decir, un equipo volátil aunque finja lo contrario que se esfumará del Mundial si Países Bajos juega al 50%.

Twitter: @Ninozurich