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Justicia futbolística, hijos de puta

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Cualquier cosa que no acabara con la Merkel moviendo sus caderas se trataría de la más ilógica de las consecuencias. Alemania se alzó por cuarta vez campeona del mundo porque construyó un equipo en el que el sacrificio, la entrega y la idea de equipo permanecen sobre cualquier campaña de prestigio alrededor de un solo jugador. Sería estúpido destacar a un alemán porque ninguno es más importante que otro, cada uno tiene una función, es una extremidad, propone un requisito y lo cumple. Todo eso permite al gigante teutón levantarse, caminar y pisar. Pisar a cualquiera. Subir al cerro del Corcovado y mirar al mundo con los brazos extendidos. Porque pueden, porque son futbol y despiertan envidias, que es el mejor piropo que a uno le pueden echar. Alemania siempre gana. Siempre gusta. Siempre compite.

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Argentina jugó su mejor partido en el Mundial precisamente porque no jugó. Diez minutos bastaron para conocer cuál era la estrategia sudamericana: dos carreras de Lavezzi y la cadera rota de Hummels por una arrancada de Messi en banda derecha mandaban latigazos de recuerdos a los aficionados. Los sudamericanos desplegaron los mismos movimientos que en el primer partido, que en el resto del torneo, independientemente de que el rival se llame Bosnia, Irán, Nigeria, Suiza, Bélgica, Países Bajos o Alemania. No se ha apreciado evolución alguna en su juego ni modificación en sus actitudes ni rectificación de los errores. Siguen cometiendo los mismos fallos, aunque con menos frecuencia. La final, por aquella parafernalia de la emoción, determinó varias oportunidades para Argentina, que juntó dos líneas en la defensa y se agazapó para después salir rápido al contraataque. Y tuvo mejores ocasiones que Alemania porque esta se las proporcionó. Higuaín, por ejemplo, no supo vencer a Neuer cuando marchaba solo hacia su portería después de que un germano le brindara una maravillosa pelota. Hubiese sido injusto anotar con tan poco.

Pero esas son las armas argentinas. Son cancheros, como diría un amigo. Son marrulleros, como diría un servidor. Lo cierto es que encuentran en el golpe y el forcejeo la recompensa a su falta de creación, que, pese a ser una alternativa totalmente lícita, desluce el merecimiento de quien la ve. Alemania, en contra, era la guapa de la discoteca, con la que todos babean, a la que todos miran y la que todos quieren alcanzar. Es el deseo en su apogeo. Tienen el alma de hielo, que lejos de ser una desventaja es su mayor virtud. El cuerpo alemán desprende tanta tranquilidad en cada toque de bola que la victoria ni corre peligro ni lo estará, pues la pelota quiere quedarse entre botas Adidas, que la rocen, que la acaricien, que hagan con ella lo que quieran porque sus pases llegan a los pies como si fueran cojines: dulces y amortiguados. Si me reencarno alguna vez en una pelota, llevadme a Múnich.

Durante la primera parte estuvieron más lejos del gol, pero más cercanos al aficionado. Una persona con un mínimo de integridad y amor propio jamás iría contra un alemán, pues lo que puede ocurrir es que acabes en tu casa con siete navajazos en tu cuerpo y, encima, siendo insultado por tu familia. “Te lo tienes merecido”. Löw entendió en el fútbol desde que empezó a dirigir a la selección alemana que la posesión, además de ser de uso exclusivo para Guardiola, también es útil para desactivar al contrario: lo real es que, si tienes el balón, el equipo contrario no, por lo que es imposible que pueda marcar el rival. Yo lo tengo y tú no. Yo tengo el poder, puedo hacerte daño. Aquel pensamiento sobrevolaba Maracaná pese a los chispazos sudamericanos. Esa es su idea, cocinada a fuego lento desde Alemania 2006 (bronce), Austria-Suiza 2008 (plata), Sudáfrica 2010 (bronce), Ucrania-Polonia 2012 (semifinal) y, finalmente, en el escaparate de Brasil 2014 (oro). La historia de la última década de Alemania es la del ensayo y error, pero siempre ensayo hasta conseguir la medalla dorada. Así seguirán porque tienen juventudes cualificadas, con un hambre inmenso, capaces de correr como funámbulos sobre alambres. Y dan espectáculo: el de la eficacia.

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El primer acto sirvió para poner en práctica los preámbulos, que son el resto del torneo. Alemania sufrió contra Ghana y poco más, nadie le expuso al precipicio con tanta fuerza como los africanos. Pero no cayeron, sino que se fortalecieron. Ya en el último partido, se volvieron imprevisibles, un adjetivo dubitativo para la línea defensiva (cometieron más errores de lo habitual) y maravilloso para la atacante (el dinamismo de sus movimientos es precioso). Los alemanes no arriesgan porque están totalmente confiados y seguros de sus acciones. El riesgo emerge si no se cree en las propias posibilidades, y Alemania creía. Mucho. Mucho, mucho. Les hizo campeones  que no se acomodaran en lo predecible. Dar el pase que nadie se espera, contrariar al adversario, sin regocijos. Sólo fijar la mirada al otro lado de Neuer y buscar una y otra vez el gol. Con paciencia. Sin desesperación. Ser inteligentes, abrir puertas repensando porque no es necesario echarlas abajo. Un alemán es educado hasta cuando te quiere penetrar.

Lo bueno de Argentina es que no les importaba. También estaban concentrados, a su manera, pero lo estaban. Su idea acababa siendo mucho más simplista, pero más vírica, con más ramificaciones que hacen que se expanda e inocule el miedo más rápido. Que Argentina tuviera espacio por delante convertía Maracaná en una sabana porque las gacelas corrían en estampida y temblaba el césped. Eran momentos rápidos, eléctricos, de esos que cuando pasan puedes notar que el corazón bombea 20 litros por segundo. Por eso cuando a Higuaín le anularon el gol recorrió en la celebración tantos metros que quiso disfrutar el momento sin importar linieres. Se lo quedó para él: celebrar un gol en la final de un Mundial es como la línea universitaria en el currículo, una cosa que sólo valorarás tú.

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A la vuelta del descanso acaecieron los nervios y el miedo de arrodillarse cuando el agua está cerca. El paso de los minutos condicionó a ambos, aunque menos a los alemanes, que veían cómo el rival estaba desgastado porque sus esfuerzos pasaban por encoger el trasero y esperar que la pelota les golpeara, esto es, en evitar que necesitaran a Romero. Lo consiguieron a duras penas durante la segunda parte, pero el ímpetu fue irrefrenable en la prórroga, cuando el azar de los penaltis está cerca y ya sabemos que la improvisación no está en el diccionario germano. En Alemania hay planes para todo, seguidos al pie de la letra, por eso la pena máxima no es una contemplación real: todo debe estar resuelto antes de que se llegue al minuto 120. Objetivo cumplido.

Götze, que comparte año de nacimiento con un servidor, sonrojó a los de mi generación con su gesta. Él marcó el gol de la final mientras los hijos del 92 estaban en el sofá con una Coca-Cola en la mano. Schürrle le sirvió el balón desde la banda y un escalofrío recorrió los cuerpos de más de cuatro años. Control de pecho y volea. Gol.

El tanto fue culpa de Kroos. De Müller. De Hummels. De Boateng. De Neuer. De Lahm. De Höwedes. De Kramer. De Schweinsteiger. De Özil. De Klose. De Weidenfeller. De Mertesacker. De Podolski. De Khedira. De Zieler. De Grosskreutz. De Schürrle. De Draxler. De Ginter. De Durm. De Mustafi. De Götze. También de Reus. El tanto fue de Alemania.

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Schweinsteiger evidenciaba lo que es Alemania: la reconstrucción de un país en pos de la evolución. Recibió todo tipo de golpes, heridas e imprevistos que le hicieron retorcerse, gritar y sangrar. Siempre terminó levantándose y cortar una pelota más. Se salió con la suya. Venció. Y permitió que su país se coronara campeón del mundo y que las alemanas saltaran al césped. Tanta belleza futbolística tenía que ser correspondida –habría manifestaciones si no fuera así- con belleza física. Y besos. Y preciosos rostros. ¡Los alemanes podrían dar todavía más envidia y nuestra lata de Coca-Cola ya estaba caliente y casi acabada! Por eso no les importó que la FIFA (podrida por dentro) recompensara las ausencias de Messi con un Balón de Oro que sabía a chatarra. Las incongruencias de la FIFA. La razón, que no necesita de organizaciones ni de corrupción, la puso Alemania.

Los alemanes son campeones del mundo, hijos de puta.

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Twitter: @Ninozurich

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Es humo

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Argentina es una selección desesperante, orgullosa, arrogante, áspera y marrullera que, además, no tiene problemas en mostrar estos atributos con tal de conseguir el fin deseado. Es típicamente argentina, lo que también conlleva ser ganadora. La selección de Sabella ha llegado a semifinales del Mundial de Brasil 2014 después de haber conseguido cinco victorias (Bosnia, Nigeria, Irán, Suiza y Bélgica) con una ventaja de un gol, con un juego que enervaría a Javier Clemente y con una gestión de los resultados digna de alabanza. Le gusta, además, presumir de que convierte los encuentros en bolas intragables para manejarlo a sus anchas y jugar con la desesperación del rival. Hasta ahora, los repuntes individuales de Messi, Di María e Higuaín les han sacado de los problemas ante rivales de entidad intermedia, aunque todo parece indicar que una subida en la exigencia –sin DiMa- dejaría a la albiceleste con lo único que tiene después del fútbol: palabrería.

El encuentro debería haber servido para que Bélgica solucionara la crisis de identidad que lleva arrastrando desde que le pusieran la cabeza con forma de elogio, lo que le ha hecho más prejuicio que beneficio a la hora de encarar este Mundial. Los de Wilmots, promesas en ciernes aderezadas con alguna realidad, esperanzaron a su llegada porque acumula muchos casis, pero todos ellos intermitentes. De Bruyne, como excepción, ha sido el jugador más regular, ya que las chispas de Hazard no han sido del todo continuas como se preveía. Y lo de Courtois, lo de Courtois es peligroso, pues nos está acostumbrado a brillantes actuaciones en cada partido a la edad de 22 años. Hubo, en todo caso, un halo de esperanza al comienzo del encuentro, algo que anunciara un ejercicio de sadomasoquismo con los argentinos postrados en el césped, una sensación que duró tres minutos, el tiempo que Argentina tardó en despertar y en asemejar a Bélgica al pedete del baño: sonoro en primera instancia y flojo al término.

A los de Sabella les vale un momento de lucidez para apropiarse del encuentro. Si es al inicio, mejor. La delantera sudamericana (re)mataría a su propia madre para celebrar el gol con gesto de rabia y apuntándose a sí mismo porque, ¿qué carajo es un argentino sin vanidad? Además, esa pizca de suerte añade más escozor y orgullo, así que la volea de Higuaín, que vino precedida por un rebote en jugador belga, se convierte en el gol que todo argentino busca: rápido y con suerte. A raíz de ahí, los de Sabella cogieron tanta confianza que Mascherano no falló pase y se mostró muy sólido, taconeando balones incluso y quitándose décadas de encima, como Demichelis, más juvenil por corte (de pelotas y de cabello). Con esto, Argentina se sirvió de Di María por 33 minutos antes de que sufriera un desgarro muscular en el muslo derecho y acabara con la fantasía del partido. Sin él, menguó su equipo y obtuvo la excusa perfecta para ralentizar el ritmo de partido y dar licencia a Romero para despejar fuera del terreno todos los balones que deseara. Argentina no quiso ni balón ni vida.

Muy poco de Hazard y algún disparo de De Bruyne y Mirallas fue el único bagaje europeo en la primera parte. La gratitud venía ya en el resultado, de milagro tan corto, pues los argentinos sólo tenían que estornudar para que la defensa contraria aflojara piernas. A la vuelta del descanso sí que se vio más ímpetu belga, cosa de la desesperación y la competitividad, aunque no impidió que Higuaín volviera a coger la bola, hiciera un caño y disparara al larguero, con el consecuente tembleque en los corazones de los europeos. Bélgica estaba lenta, sin ideas, como si de una bofetada le hubieran borrado todo lo que había aprendido en la fase de clasificación, todo lo que asimiló en su vida.

La cabeza de Fellaini o las intervenciones de Witsel/De Bruyne. No hubo más. Hasta Hazard, perdido en combate y acercándose más al peso de una carga que a ser un verdadero apoyo, salió del campo a falta de 15 minutos. Desde entonces, Argentina se acomodó en su área y no pasó peligro, sino que lo causó: Courtois salvó un mano a mano con Messi, que no le ha marcado este año. En definitiva, Argentina aguantó porque no le exigieron sobreesfuerzos, porque reguló su energía y fue humo, es decir, un equipo volátil aunque finja lo contrario que se esfumará del Mundial si Países Bajos juega al 50%.

Twitter: @Ninozurich

Argentina es una incógnita

91221La selección Argentina llega al Mundial de Brasil con un gran número de dudas, pero, al mismo tiempo, con la sensación de que es una de las favoritas para levantar la Copa. Scolari se ha atrevido incluso a pronosticar una final Brasil – Argentina que se convertiría en una de las finales épicas de la historia del fútbol. Goldman Sachs se ha sumado a Scolari y ha realizado un informe señalando que la final Brasil- Argentina es la más probable.

Los interrogantes con los que desembarcará Argentina en el Mundial giran en torno a la figura de Messi, que no ha tenido su mejor año en el Barcelona y sobre la sensación generalizada de que es un equipo altamente descompensado. La mayoría de los entendidos del fútbol consideran que, si bien Argentina tiene una delantera temible (Messi, Higuaín, Agüero, Lavezzi y Palacio), el medio del campo y la defensa dejan mucho que desear.

Sin embargo, es posible que Carlo Ancelotti le haya hecho un enorme favor a la selección Argentina y a Alejandro Sabella. La reconversión de Di María en un jugador más defensivo, ocupando una posición más parecida a la de un medio centro defensivo que a la de un extremo, pero atendiendo a la salida del balón, puede darle a la selección el equilibrio que le faltaba. Sobre todo porque Di María no ha perdido su capacidad ofensiva asumiendo este nuevo papel y se encuentra en un gran momento de forma, como pudimos observar en la final de Lisboa. Se ha convertido en un jugador idóneo para jugar con un 4-3-3, ocupando un lugar que le permite robar el balón y salir a la contra con la velocidad y calidad que le caracterizan y, además, contando con la compañía de Messi, Agüero e Higuaín.

Parece claro que Sabella va a optar por el 4-3-3 y por el siguiente once: Romero; Zabaleta, Garay, Fernández (o Demichelis), Rojo; Mascherano,  Gago (Biglia),Di María; Messi, Agüero, Higuaín. Sabella cuenta con la posibilidad de realizar cambios tácticos en partidos más exigentes, poniendo un 4-4-2 y sacrificando a Agüero o Higuaín e incorporando un jugador en el medio que podría ser Enzo Pérez o Maxi Rodríguez. Con este once, Argentina podría lograr un equipo perfectamente equilibrado. La defensa ofrece garantías, el medio contaría con dos jugadores de corte y con Di María colaborando en la recuperación y sobre la delantera sobran los comentarios. Esta disposición táctica y este once pueden provocar que Argentina se parezca al Real Madrid de este año, lo que convertiría a la selección en un equipo que puede hacer mucho a daño a rivales que tengan la posesión del balón, mientras que no estaría tan cómodo teniendo el control del juego.

En este sentido, hay que recordar las ausencias más polémicas de la lista de 23 jugadores que presentó Sabella. En Argentina se ha creado un gran debate en relación con la ausencia de Carlos Tévez y de Otamendi. Nadie duda de la calidad del “Apache”, pero Sabella ha optado por ahorrarse las complicaciones que podría traer la suplencia de Tévez y los posibles problemas en el vestuario. Sin embargo, para los que vemos habitualmente la Liga española, el error imperdonable del seleccionador argentino es no haber incluido en la lista a Willy Caballero, que es de largo el mejor portero que tiene Argentina. Es difícil entender que Romero sea el portero titular de una selección que aspira a levantar la Copa. Este tipo de decisiones pueden ser influencia de Bilardo, maestro de Sabella y que es conocido por su tendencia a darle un gran protagonismo a las supersticiones y por creer en un determinado grupo de jugadores más allá de los aspectos técnicos.

En cualquier caso, lo que está claro es que las aspiraciones de Argentina pasan por el estado físico, mental y futbolístico de Leo Messi y esa incógnita no la podremos resolver hasta que empiece el Mundial.

Julio Alemán