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Desvirgando a Baviera

soccer-champions_jna18_0Se precisaba una escisión radical en el Real Madrid tan vistosa como la transformación que sufrió el Allianz Arena, que pasó del infierno de gargantas clamando las cabezas de sus enemigos a un silencio hondo que ni el viento se atrevió interrumpir en honor a otras cabezas, las pensantes de Tito y Boskov. Se hacía casi obligatoria dicha escisión por la docena de años incomestibles en la memoria, de recuerdos perdurables, dañinos, que habían convertido a los merengues en un equipo más de casis que de rodeos con copa alguna. No había rival más propicio que el némesis histórico, el Bayern de Múnich, que entrenaba otro némesis más mitificado si cabe, pues representaba ante el madridismo lo que el león al ciervo: sangre y muerte.

Al pitido inaugural le siguió una melodía familiar, de origen guardiolano, que pilló a los hijos de Ancelotti con tapones de cemento. No escuchaban nada, sólo ese hilo de notas que acompaña a las copas entre colegas y que se presenta sin peligro como preámbulo a una gran noche. Generalmente, las borracheras entre amigos se rememoran si alguno de los sujetos alcoholizados atenta con satisfacer sus necesidades sexuales, lo que se celebra entre la manada masculina con aplausos y epopeyas de valentía. Fueron cuatro polvos los que el Real Madrid gozó sobre el facistol del Pep entre sus más cercanos congéneres, esas 68.000 almas bávaras que miraban con desprecio las guarrerías españolas que se presentaban sin aviso en su propia casa. Ni en la mayor de las masturbaciones imaginó el madridista un escenario tan propenso a la violación. Los cantares de tal gesta se cuentan ya por centenares.

Corría la pelota aburrida con tanto peloteo de Guardiola que se hizo inmune a los piropos. La bola quería rock duro, y el Real Madrid presume de las mejores guitarras del mercado. Se vio una repetición del Bernabéu cuando a los dos minutos Benzema ya estaba esperando centro desde el costado izquierdo con esa cara de bueno, pero de malo, pero de bueno, pero de malo, que le sale cuando sólo tiene que empujarla. Neuer realizó entonces la mejor parada de su noche, pues fue la única. La sensación, prima de la final de la Copa del Rey y hermana de la ida en el Bernabéu, no pilló por sorpresa ni al Madrí ni al espectador, que ni siquiera vitoreaba la excelente labor defensiva de Pepe despejando yunques ni de los desquicios con los que Carvajal y Coentrão impregnaban a Ribéry y Robben, con sus C’s de castigo y sus R’s de ruborizados. Bien podía Bale haber anotado el primero si no llega a ser británico, cuyo código marca no abusar del yerro ajeno, que en España significaría dejar esperanzado a Neuer tras la pifia en su salto de ballet.

Entonces llegó Sergio Ramos a golpear el Estado con la fuerza acumulada de mil órbitas, como si el balón que dos años atrás envió a convivir con el cometa Halley volviera al punto de cocción en el microondas de la justicia. Dos testarazos como dos sartenazos que hicieron a Neuer mirar hacia arriba con la vaga esperanza de que la fórmula Ramos-balón-alto se cumpliera por segunda vez ante su mirada. Cuando vio que su cuerpo era un agujero negro –se lo tragaba todo-, optó por levantar la mano en busca del banderín alzado, como si recurriera al cielo para redimir el/su fallo humano. Para entonces, la monarquía sevillana disponía de su latifundio muniqués para gusto de la corte. Y ya se sabe qué es lo que les ocurre a los hispalenses con sus cosas, que son suyas aunque el Guadalquivir naciera en las sierras de Jaén. Y aunque la playa de Matalascañas, en Huelva, esté a 100 km, porque también cuenta con denominación de origen sevillana. Imagínense el Allianz Arena, que en sus exteriores ya se vislumbraban el verde y blanco de la Andalucía que el rey impuso.

El Real Madrid rehuía de la tradición que él mismo dictaba, la de sufrir en suelo alemán haya uno o 100 goles de ventaja. Cuando un madridista huele a germano, instantáneamente se le dibuja en el rostro esa cara de pedo recién olisqueado, una reacción involuntaria, como la alergia, que convierte a Deutschland en paraíso de meaculpismo más que de turismo. Se conoce que Bale aún chapurrea el castellano, así que su interiorización del sufrimiento le supo a pan de gamba, o sea, a nada, y cogió un esférico a placer de Benzema para arrastrar el orgullo alemán y luego cederlo para que Cristiano condenara a Neuer a mirar, por tercera vez, hacia la red. Con aquella mirada se perdió el tesón disciplinario de los de Guardiola y apareció la clásica táctica de te empujo, pero no, aunque jode, célebre por convivir con otras como te pellizco para interesarme por ti cuando estás en el suelo o Mandzukic le pegaba a todo menos a la bola. En esas se llegó al descanso con golpe de campana.

Lo de Guardiola fue una filosofía que no supieron interpretar sus discípulos porque Carlo Nietzsche mató al dios de la pelota y le obligó a comerse el caucho que la recubre, para que así el amor fluyera donde empezó: en su boca. Ni siquiera aprendieron del yerro en Chamartín, cuando colgaban centros dirigidos a espectros. Esta vez quisieron apostar por la misma estrategia, una y otra vez, en pos de que la repetición, por orgullo y creencia hacia tal disposición táctica, se cumpliera. “Alguna saldrá”, pensarían, mientras Pepe daba miedo en sus intervenciones. El portugués hubiera cortado las piernas de sus padres si llegan a aparecer por allí. ¡Qué portento de hombre, exquisito en la anticipación y noble en la lucha! No se recordaba un Pepe así, tan imperial con una causa, desde la comunión de su sobrina, centrado en no pegar cabezazos a todo lo que le recordara un balón.

El resto del teatro se compaginó entre letanías y embustes. Cristiano se marcó un Ronaldinho, aunque sin estar enfrente el Werder Bremen, sin ser fase de grupos y sin pasar a una final. Quizá lo rebauticen como hacer un golazo y todos aplauden. Sería lo más justo para un jugador que no se sabe qué celebra pero sí cuánto marca, más que nadie en una campaña en la historia de la competición. Lo de las dudas hacia Cristiano Ronaldo se deberían reducir a cuántas veces rechaza a Irina Shayk, que es el verdadero barómetro por el que se critica a un hombre. Tras el cuarto, el campo se llenó de desidia con un Modric que desvirgó al equipo y al territorio bávaro como si cada día luchara en los infiernos. El hábito hace al Modric.

Se vino el final encima con salto de Slaughter al campo, que ni en el Palacio de los Deportes se le había visto con tal despliegue físico en la celebración. En el banquillo, cauto, aguardaba el héroe de la novena y quién sabe si el talismán de la décima, pues tuvo que sentarse en el banquillo para que fuera lícito. Con él o nada. Siempre con protección.

Twitter: @Ninozurich

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Atlético de Madrid – Chelsea: El encanto oculto

Chelsea1200Antes de que el himno de la megafonía se perdiera entre las voces que salían de las gradas a modo de jabalinas, ya estaba Mourinho encerando el peto metálico de sus hombres. A cada movimiento que el Chelsea hacía en bloque le acompañaba ese ruido onomatopéyico de las algarabías medievales: el peso del escudo, del yelmo, de la espada y del orgullo. El Chelsea sabía a cobre porque es un equipo desagradable para el rival y para el espectador, desalienta a cualquiera y robotiza sus movimientos. Se avecinaba antes de que se conociera el triángulo inoxidable Cahill-Luiz-Terry que habría cerrojo en torno a Cech, pero bien hubiera preferido Simeone esa benévola praxis antes de ver a los 11 jugadores contrarios definidos en dos partes: Fernando Torres en forma de islote y el resto en tareas urbanizables. Construya su propio búnker.

Al Atlético de Madrid, que es un equipo salvaje y libre, le pusieron unos grilletes nada más salir al césped, por lo que su movilidad y, consecuentemente, su voracidad, se apagaban en la frontal rival, donde se encontraba con dos líneas de 9 jugadores (4+5) que obligaba a Diego Ribas, el más impaciente de todos, a disparar desde fuera del área (hasta en seis ocasiones). No está claro si el gol al Barcelona motivó tanto al brasileño que ahora cree disparar desde Gran Vía y embocar a la escuadra, lo que no deja de ser tan místico (y misterioso) como lo fue esa noche en el Camp Nou. Los ingleses optaban por escabullirse en una táctica habitual durante esta temporada, que no para el público, quien concebía tal espectáculo en el Manzanares como una ofensa a su hombría, como si alguien les hubiera anunciado al Chelsea como el funambulista que entretiene a la muchedumbre mientras anda de campanario en campanario. Estos blues acostumbran a abrir bocas de bostezos. Desesperan al rival y encajan poco: 26 goles en contra, el que menos en la Premier League. Domina el Atleti, controla Mourinho. Partido amouñado.

Casi rompe Koke la fiesta de la Z infinita en un córner que se colaba si no llega a ser porque Cech (31 años) evitó el gol a riesgo de perder el hombro. Salió Schwarzer (41) y la gente miraba al banquillo en cada mal gesto del guardameta por si aparecía Peter Bonetti (72) a defender el arco londinense viendo el requisito de –extrema- experiencia que se impone en el Chelsea (también cuentan con Hilário, de 38). A estas alturas, el Atlético había desarrollado una obsesión por caer en fuera de juego propia de la rabieta: si no me dejan espacios, los invento, aunque no sirvan para nada. La escasa fuerza de la obra a punto estuvo de traducirse en gol visitante. Cahill cabeceó una pelota ante Courtois y el Calderón se calló, conteniendo la respiración de una sola bocanada, como si enfrente tuvieran un hacha en vez de una pelota. Gary falló y se escucharon suspiros desahogados, huidizos de la muerte. Fue el único sobresalto que vino en la noche, que observado ahora es una maravilla visto el color de Tour de Francia que había adquirido la contienda.

Se conoce que de niño a Mourinho le hacían bullying en Setúbal, por algo se explica esa tendencia de protegerse en cuanto ve peligro. La estrategia es de otro siglo, del XI, al menos, cuando en España se ganaban batallas con cadáveres a caballo y pánico en el enemigo. En cierta manera, Mou sigue resucitando año tras año (son ya cinco las semifinales consecutivas) con una táctica que despierta recelos por irritante y envidias por efectiva. No es vistosa, pero funciona. Sin síntomas de goles aun tras el descanso, el aficionado rojiblanco, que tiene subwoofers por gargantas, celebraba los saques de esquinas entre banderas que parecían celebrar el último polvo, la última vez que el Atlético jugaría en Copa de Europa esta campaña. Gritar y gemir, dejar huella y animar pese al gatillazo.

Y llegó Arda, que sube el sexappeal del Manzanares en cuanto se ve su barba correr por área contraria. Los colchoneros crearon más ocasiones con el turco, que no erró pase (23/23) y evidenció tener la muesca oportuna para engranar las ruedas madrileñas. Turan ejerce un efecto balsámico entre sus compañeros, que se creen en disposición de cualquier cosa pues sólo necesitan recibir el pase óptimo y encarar, pero se olvidaron de anotar y marraron cada buena oportunidad que obtuvieron. Dispararon cuatro veces a puerta, todas sin fuerza, y otras 14 fuera de la portería, idóneos para el XV del León y desastrosos para el balompié. La puntuación final fue de 0 para ambos aunque el rostro de Mourinho marcara goleada.

Twitter: @Ninozurich

One club men, la sangre del fútbol

LIVERRARDVer el otro día a Steven Gerrard arengando a la tropa, como General que es de este nuevo Liverpool de fútbol plástico y emoción desbordante, implica a cualquiera que sienta el fútbol muy adentro. El Liverpool de las 18 Ligas y las 5 Copas de Europa pelea ahora por dejar atrás una etapa de sequía. En tan tremenda batalla, librada contra dos equipos de menos historia pero más talonario, tiene a casi todos de su parte. Hay un punto de nostalgia en ese apoyo. Una ilusión adolescente, parecida a la del primer amor. Como cuando quieres convencerte de que no existen los amores imposibles. En todo caso, los amores improbables. Porque la improbabilidad duele menos, y deja un lugar a la esperanza… a la épica.

El Liverpool es ese amor. Esos años de sequía, tantas como noches en discotecas, mientras el último en llegar se las lleva a todas de calle. El típico rubio con ojos azules de todo grupo de amigos. Porque apostar a un Liverpool ganador de la Premier League al principio de la temporada era, cuanto menos, improbable. Pero hay algo que empuja esa máquina y es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo ejemplificó a la perfección Gerrard tras la victoria ante el City. Un tipo como un castillo, ídolo de todo un país, con la vida resuelta y que ya ha levantado una Champions League rompía a llorar. Se desgañitó para conjurar a la tropa para las finales que le quedan por delante.

Tengo un compañero y buen amigo al que se le conocen tres pasiones: la cerveza, el Real Madrid y el Athletic de Bilbao. Un entendido en la materia. Me decía tras ver las imágenes: «Si viste ayer a Gerrard no puedes querer que gane Demba Ba». Y es verdad. Hay algo irracional en el apoyo a unos colores. Y yo entiendo que no entienda que yo quiera que gane el Chelsea. Él y yo sabemos el motivo.

Pues con este hombre sabio me pasé hablando unos minutos de un lunes de Semana Santa en el que habría sido adecuado tener un Boxing Day, más que nada para darle contenido. Y volvió a expresarse sabiamente: «A mí hay una cosa que me emociona por encima de todo, salvo mis dos equipos: los one-club-men». Quienes hemos sido (y somos) Raulistas lo entendemos bien. Aunque ahora tengamos que compartir el cariño con una región minera del oeste de Alemania. Nos duele que Raúl no pudiera ser un one-club-men, pero así vinieron las cosas.

Y Steve Gerrard es de esos hombres. Fieles toda su vida a un mismo equipo. Con calidad y ofertas de sobra para ganar el doble, en títulos y en dinero, en muchos otros equipos. Pero Gerrard ha aguantado los años de sequía. Aquella Champions de 2005 como único bocado para un estómago que bien podría haberse saciado de haberse dejado llevar por los cantos de sirena. También es sorprendente lo de Totti. Un tipo que rechaza al Madrid y luego no contento con eso lo elimina en un cruce de Champions. Lo de Totti es ya otro nivel. Un tipo que no es que sea italiano, es que es romano.

Y hablando de todo esto, hablamos de Maldini, de De Rossi, Le Tissier, Gary Neville… Y llegamos a otro mito: Joseba Etxebarría. El compañero, lógicamente, suspira porque le he tocado en ese punto sensible. El recuerdo de ese último año en el que renunció al salario emociona todavía en Bilbao, y vacuna contra recientes casos menos ejemplares: «Esa es la cumbre. Nunca habrá nadie igual. Eso no lo ha hecho nadie. Y el salario mínimo, que estaba obligado a recibirlo, lo donó a la Fundación Athletic».

El fútbol puede ser muchas cosas. Ver ganar a tu equipo es el cénit. Pero hay algo que supera todos los colores. Algo que merece un aplauso común. Y eso es un one club man. El amigo concluye: «Si esa gente te recluta para ir a la guerra yo iría. Si me lo dice Figo no me fiaría: en cualquier momento te vende al enemigo».