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La liebre de Londres

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Como la liebre que se echa la siesta burlándose de la lentitud de la tortuga. Como el atleta fanfarrón que le da ventaja al amigo gordito a la hora de echar una carrera. Como el hermano mayor le da al pequeño dos goles de ventaja para que éste acceda a jugar un FIFA (o un Pro) con él. Así ha decidido comenzar su segunda etapa en el Chelsea José Mourinho.

Con cheque en blanco para fichar (me cuesta mucho aceptar que Abramovich le pusiera límites al proyecto de su hijo pródigo), las decisiones del portugués pasaron por birlarle a Willian al Liverpool cuando practicamente estaban estampando su dorsal en las zamarras reds (37’5 millones de €), hacerse con el falso nueve más prometedor de Alemania (Schürrle, 22 millones de €) o rescatar del paraíso del caviar a Eto’o en una operación sin coste alguno. También ha incorporado a pupilos nuevos a su proyecto a largo plazo como los prometedores Zouma o Bertrand Traoré.

Mourinho sobrepoblaba así la línea de tres cuartos, creando un sistema que acabó escupiendo de manera natural a Mata (mejor jugador del Chelsea dos temporadas consecutivas), Van Ginkel o De Bruyne (dos llegadas estivales que han dejado una huella en Stamford Bridge similar a la de una mosca en el banderín de córner). Descuidando así una medular que acabó por parchear en invierno de la mano de Matic (25 millones de €) y dejando el gol en manos de tres delanteros de los que decir que “están en baja forma” es concederles una amabilidad que, por su rendimiento, no merecen; Eto’o, Torres y Demba Ba. Más sangrante aún es pensar que Lukaku salió cedido y está mejorando los números que estos tres computan en conjunto.

Resumiendo, Mourinho parecía no querer abusar, y para dejar claro el mensaje de que esta vez ha venido al Chelsea para quedarse, ha diseñado una primera temporada autoimponiéndose límites para poder ampararse en la comodidad de su discurso favorito: “Este año, no tenemos equipo para ganar nada”.

Así, Mourinho se apuntaba al win-win, si pierdo es porque no tengo equipo, si gano es porque soy tan crack que lo he conseguido con este equipo. Pero a principios de abril, y viendo que esta táctica está punzando su orgullo y su gen ganador, José se ha impacientado y está intentando esprintar como la liebre que se sorprende de ver que la tortuga ha aprovechado su siesta para casi rozar la meta, como el atleta que ve comprometida su reputación de guaperas oficial porque su amigo rechoncho ha aprovechado su ventaja mejor de lo esperado, y como el hermano mayor que se ve incapaz de remontar los dos goles que le dio de ventaja al pequeño en el FIFA (o en el Pro). ¿Será demasiado tarde?

Víctor Pernas (@VPernas)

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Algodón y Betadine

ronaldo-y-di-mariaUno, por algún proceso evolutivo –imagino-, consigue aglutinar resistencia a base de errar. Fallar nos hace humanos, pero también fuertes. Una constante adicción al yerro, en cambio, nos convierte en estúpidos; si bien una repetición excesiva de la equivocación –sobre todo, si es la misma- se aproxima a un diagnóstico de mentalidad deficiente. Ya digo que desacertar, en su justa medida, puede ser hasta terapéutico, y es que se sabe que en la lógica humana el fallo acompaña consecuentemente al aprendizaje. Ergo, necesitamos fallar para aprender.

El Real Madrid asumiría como propio el párrafo anterior de no ser porque se debe al orgullo fraternal con su parroquia. No está bien visto entre los madridistas aceptar una derrota justamente, menos si hay barras azulgranas de por medio y, especialmente, por delantera. Ni con un 2-6 (aquellas palmas, dicen, fueron coyunturales). Lo cierto es que ya hay moratones en las rodillas del imperio madrileño por tanto desplome súbito, continuado, de rivales que antaño eran sumisos y hoy cachetean su camiseta. En lo que a este concepto se refiere, el Madrí aprendería de cuatro caídas (cuatro no-victorias frente a Atlético y Barça en Liga) con el pensamiento de la siguiente zancada, pero su condición de haber enseñado al resto o, al menos, de erigirse el pionero del fútbol español –de éxito- le supone un trago de gasolina. Una cuestión de orgullo, repito.

No obstante, contra la negrura que inunda la clasificación liguera (un punto contiene a la tripleta de cabeza), no existen condolencias entre aficionados. Tampoco autocrítica. Se pensó cuando Undiano sopló por última vez que el plebiscito con atril en 80.000 butacas buscaría en sus jugadores el origen del descalabro. Para sorpresa, fue la distancia que separaba a Madrid y Barça antes del encuentro la que actuó de remedio para despreocupar al madridista, acostumbrado más al remonte entre Clásicos que al retrovisor. Era en un fósil cretácico donde se recordaba la última vez que llegaba el Real Madrid con ventaja ante los catalanes. Ahí se encontró el efecto cicatrizante.

El madridista no era consciente en la última década de la superioridad en el puntaje. Observaba el partido de la escisión nacional desde un prisma de ansiedad y obsesión más que desde el disfrute. Se sufría con la posibilidad de goleada, se temía con un día de lluvia que jarreara el césped y se aplaudía que el Barça descartara a un bajito por cualquier causa. Fuese lesión o baja por comunión, se aplaudía. Por ello aventajar al Barcelona después del 3-4 instauró un clima de tranquilidad, desconocido hasta la fecha en las cabezas merengues, pese al riesgo contranatura que la Historia reciente apuntaba.

El Real Madrid no está dolido. No como otras veces, se entiende. El daño moral es ínfimo en comparación con otras humillaciones que enviaron su dignidad más allá de Júpiter y de la que no se esperaba retorno alguno. ¿Significa esto que en la derrota se sea conformista? Ni mucho menos, porque el madridismo asume que la situación no es delicada, sino reversible, y que cuando las heridas ya están marcadas, se va a la lucha con algodón y Betadine.

Twitter: @Ninozurich

La pérdida del gen competitivo

El-tecnico-del-Real-Madrid-Car_54404001089_54028874188_960_639Por primera vez en años, partía el Real Madrid como favorito indiscutible en un clásico. Era el momento de sentenciar al Barça, alejarlo a siete puntos, privándolos casi definitivamente de sus opciones por el título.

Por ello, precisamente, fue si cabe más dura la derrota. El Madrid no perdía un partido desde el 26 de octubre, cuando cayó precisamente ante el Barça por 1-2 en el Camp Nou.

Desde entonces, estábamos ante un equipo en constante crecimiento. Sólido e infranqueable. Pero todo eso se desarmó ayer como un castillo de naipes. Adoleció el equipo de Ancelotti de falta de intensidad, de agresividad.

Ante la renuncia de pelear por la posesión del balón, sólo un trabajo coral de todo el equipo para cerrar líneas, ir al corte con convencimiento y salir rápido al contragolpe puede presentarse como alternativa. Hubo un tiempo en el que el Real Madrid llegó a hacer eso. Antes de la llegada de Ancelotti, se había cerrado la hemorragia en los Clásicos que Guardiola impuso en su primer año y medio. Tanto es así que hasta el partido del Camp Nou, los blancos llevaban cinco partidos sin perder contra el Barça. En una antítesis de estilo, la vía para ganar al Barça era ya una autopista de cinco carriles.

Ciertamente el Real Madrid ofrece este año una sensación de dominio del juego que le hace sufrir menos en los partidos contra rivales más vulnerables. Pero en esa nueva dinámica, el Madrid se ha dejado por el camino lo que le permitió ganarle una Liga al Barça en mitad de este tremendo dominio, ganarle una final de Copa y volver a la normalidad en Europa, después de demasiados años en los que la normalidad era caer en octavos de final.

El Real Madrid ha perdido el gen competitivo. Ha perdido garra. Ancelotti no le ha ganado ninguno de los cuatro partidos a sus dos rivales directos por el título. Con el nivel de plantilla que tiene, de los 50 partidos de cada temporada, 40 se van a ganar. Es en el resto donde saber competir es fundamental para doblegar a los rivales que te igualan o superan en virtudes. Serán estos los partidos que se recordarán si el Madrid pierde una Liga que hace un par de semanas parecía inevitablemente suya.

Con Mourinho se fue la competitividad, pero persistieron las quejas arbitrales. O nos quedamos con lo malo del portugués, o al final va a resultar que las tanganas y el quejarse del árbitro existían ya antes de Mourinho, y sobrevivirán a él.

Hizo Undiano Mallenco un muy mal partido. Pero los errores en una y otra dirección impiden hablar de que favoreció más a unos que a otros.

Di María, Cristiano, Bale, Benzema. Así suena la orquesta ofensiva de un equipo que sólo con leer los nombres de sus componentes se da cuenta uno que están diseñados para correr, para la verticalidad. Pero, preso de su promesa de un “fútbol espectacular”, y aunque el Madrid llevaba cerca de cuatro meses siendo un equipo certero, Ancelotti no supo leer el partido. Ni el equipo terminó de cerrarse bien, ni salió a presionar al Barça al centro del campo. Fue una suerte de media tinta, de no querer replegarse por el que dirán y no salir más arriba por falta de convicción.

El primer gol de Iniesta fue el naufragio de Ancelotti al no reforzar un flanco por el que llovían Iniesta, Neymar o Fabregas. También lo podía haber hecho Jordi Alba, aunque el lateral tenía orden de no prodigarse en ataque para no dejar la espalda a Bale.

Sólo Di María y Benzema se salvaron en un equipo que cometió fallos en defensa, con Xabi Alonso desaparecido y con Modric incapaz de frenar la avalancha. Cristiano se borró del partido, y Bale involucionó olvidando los progresos de las últimas semanas. Y pese a todo eso, hubo un tramo de 15 minutos de la primera parte en los que el Madrid pudo matar el partido. Fue el momento del partido en el que un equipo se mostró más superior a otro. Pero se disolvió como un azucarillo.

El Barça se llevó al partido por un gran partido de Messi e Iniesta, pero especialmente por los fallos y la falta de intensidad del Madrid. Fue un partido muy vistoso, atractivo para el espectador, pero el abultado resultado esconde dos equipos con muchos fallos, vulnerables al fin y al cabo. Lejos de la imagen de rocosidad que transmitían ambos equipos en sus duelos hace un par de temporadas.

Twitter: @vic_almiron