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One club men, la sangre del fútbol

LIVERRARDVer el otro día a Steven Gerrard arengando a la tropa, como General que es de este nuevo Liverpool de fútbol plástico y emoción desbordante, implica a cualquiera que sienta el fútbol muy adentro. El Liverpool de las 18 Ligas y las 5 Copas de Europa pelea ahora por dejar atrás una etapa de sequía. En tan tremenda batalla, librada contra dos equipos de menos historia pero más talonario, tiene a casi todos de su parte. Hay un punto de nostalgia en ese apoyo. Una ilusión adolescente, parecida a la del primer amor. Como cuando quieres convencerte de que no existen los amores imposibles. En todo caso, los amores improbables. Porque la improbabilidad duele menos, y deja un lugar a la esperanza… a la épica.

El Liverpool es ese amor. Esos años de sequía, tantas como noches en discotecas, mientras el último en llegar se las lleva a todas de calle. El típico rubio con ojos azules de todo grupo de amigos. Porque apostar a un Liverpool ganador de la Premier League al principio de la temporada era, cuanto menos, improbable. Pero hay algo que empuja esa máquina y es más fuerte que cualquier otra cosa. Lo ejemplificó a la perfección Gerrard tras la victoria ante el City. Un tipo como un castillo, ídolo de todo un país, con la vida resuelta y que ya ha levantado una Champions League rompía a llorar. Se desgañitó para conjurar a la tropa para las finales que le quedan por delante.

Tengo un compañero y buen amigo al que se le conocen tres pasiones: la cerveza, el Real Madrid y el Athletic de Bilbao. Un entendido en la materia. Me decía tras ver las imágenes: «Si viste ayer a Gerrard no puedes querer que gane Demba Ba». Y es verdad. Hay algo irracional en el apoyo a unos colores. Y yo entiendo que no entienda que yo quiera que gane el Chelsea. Él y yo sabemos el motivo.

Pues con este hombre sabio me pasé hablando unos minutos de un lunes de Semana Santa en el que habría sido adecuado tener un Boxing Day, más que nada para darle contenido. Y volvió a expresarse sabiamente: «A mí hay una cosa que me emociona por encima de todo, salvo mis dos equipos: los one-club-men». Quienes hemos sido (y somos) Raulistas lo entendemos bien. Aunque ahora tengamos que compartir el cariño con una región minera del oeste de Alemania. Nos duele que Raúl no pudiera ser un one-club-men, pero así vinieron las cosas.

Y Steve Gerrard es de esos hombres. Fieles toda su vida a un mismo equipo. Con calidad y ofertas de sobra para ganar el doble, en títulos y en dinero, en muchos otros equipos. Pero Gerrard ha aguantado los años de sequía. Aquella Champions de 2005 como único bocado para un estómago que bien podría haberse saciado de haberse dejado llevar por los cantos de sirena. También es sorprendente lo de Totti. Un tipo que rechaza al Madrid y luego no contento con eso lo elimina en un cruce de Champions. Lo de Totti es ya otro nivel. Un tipo que no es que sea italiano, es que es romano.

Y hablando de todo esto, hablamos de Maldini, de De Rossi, Le Tissier, Gary Neville… Y llegamos a otro mito: Joseba Etxebarría. El compañero, lógicamente, suspira porque le he tocado en ese punto sensible. El recuerdo de ese último año en el que renunció al salario emociona todavía en Bilbao, y vacuna contra recientes casos menos ejemplares: «Esa es la cumbre. Nunca habrá nadie igual. Eso no lo ha hecho nadie. Y el salario mínimo, que estaba obligado a recibirlo, lo donó a la Fundación Athletic».

El fútbol puede ser muchas cosas. Ver ganar a tu equipo es el cénit. Pero hay algo que supera todos los colores. Algo que merece un aplauso común. Y eso es un one club man. El amigo concluye: «Si esa gente te recluta para ir a la guerra yo iría. Si me lo dice Figo no me fiaría: en cualquier momento te vende al enemigo».

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Mourinho, a fuego lento a por la Champions

willoshazEl Chelsea se clasificó para los cuartos de final de la Champions League con una solvente victoria (2-0) en su estadio ante el Galatasaray. Coincido plenamente en muchos de los análisis que se hicieron en un primer momento: Los turcos jugaron el homenaje a Drogba, sin ritmo ni intensidad, mientras que los de Mourinho jugaron una eliminatoria de Champions.

Los ingleses controlaron el partido de principio a fin. Y por muy cómodo que resultara el partido, fue suficiente para comprobar dos de las cosas que mejor definen al Chelsea este año. En primer lugar, un fútbol muy directo. En un punto intermedio entre el toque y el pelotazo, Mourinho quiere que el balón llegue muy deprisa a la línea de los tres mediapuntas. Sin especular y sin mucha elaboración, en cuanto el balón llega al trío Hazard-Oscar-Willian, el Chelsea tiene muchas papeletas para desbordar cualquier defensa rival. Sorprende por eso que algunos contertulios hayan situado al Chelsea entre los equipos más flojos que han llegado a Cuartos de final. Llegados a este punto, y aunque Mourinho no quiera meterse presión, el Chelsea es candidato a todo. Su triunfo no sería ninguna sorpresa.

El otro rasgo diferenciador es la capacidad del equipo para cocinar los partidos a su antojo, para bajar y subir la intensidad, para acelerar y dormir los partidos en función de sus intereses. Manipula el juego a su voluntad. Todo esto, unido a una de las mejores defensas del continente y uno de los mejores porteros, arman un equipo al que ciertamente le falta fútbol bonito. Pero es que Mourinho no quiere llegar a eso. Su competitividad, su fortaleza defensiva, su capacidad para cambiar el ritmo de los partidos y un tridente en el que sobresale Hazard como uno de los grandes jugadores del momento en el fútbol mundial, posicionan a este Chelsea como favorito a todo. Mal que les pese a algunos.

Moyes, el extra de los botones

Moyes y FergieSon muchos los villanos del cine que asientan su guarida en una cueva, una nave o una montaña, para llenarla de cuadros de mando, armas sofisticadas, fosos con tiburones con rayos láser sujetos a la cabeza y paneles llenos de botones.

Los actores principales se reparten los papeles de malo malísimo, mano derecha del susodicho, asesores, hijos pródigos, pelotas, etc. Incluso hay algún segundón que se hace con una figuración con frase para comunicarle al jefe que “quedan 10 segundos para el lanzamiento” o “se acerca un artefacto volador“, sin olvidar el célebre “no nos han ingresado los 20 millones en la cuenta de Suiza” que precede a lo que suele ser un simple misilazo de aviso a las naciones opresoras, destrozando algún monumento insignia a su paso.

Los demás puestos en la guarida los ocupan los esbirros, los machacas, que se embuten cada día en su uniforme para manejar los lásers, girar manivelas, cargar torpedos y tocar botones aquí y allá de manera aleatoria ocupando un segundo o tercer plano en todas las secuencias.

Hay una excepción, cuando uno de los paneles repletos de botones pasa a un primer plano, porque queremos enterarnos de qué demonios hace ese aparato. En ese momento, un trabajador del mal perfectamente capacitado maneja con destreza cada botón. Ese trabajador amigos míos es Sir Alex Ferguson. Manejando un panel de control lleno de botones que parecen no servir para gran cosa (botones Cleverley, Welbeck, Young, Evans…), tenía la nave siempre en el rumbo correcto y aterrorizando a los gobiernos arbitrales y federativos.

Pero ahora el United lo maneja Moyes, el extra, el figurante que toma los mandos de espaldas a cámara cuando el foco está puesto en el protagonista de la película. Maneja los mismos botones, toca aquí y allá, incluso toca el botón rojo (Mata) esperando que pase algo inesperado, pero esa nave va a la deriva y su futuro, como el enfoque del extra de segunda fila, es borroso e incierto.

Víctor Pernas (@VPernas)