Favorita por labia

Esquire

Argentina es un país que se refleja en su gente, orgullosa y parlante, para erigir la imagen que muestran. La palabra baila de un lado hacia otro, escondiéndose y apareciendo entre la seducción y la presuntuosidad, regateando a la verdad y enalteciendo las victorias si les da por hablar. Basta con mirar a su religión y a su dios, Diego Armando Maradona, que maneja mejor la palabra que la bola, para darse cuenta de cuán importante es la imagen exterior que se proyecta del país cuando absorbe el artículo y se interioriza su esencia. Hablamos de la Argentina.

A los argentinos les gusta tanto hablar como presumir. Por eso de su fútbol se rescata la figura del 10 para salvar la Historia de una nación que con la boca grande acoge los adjetivos de abrazos y besos. Se coge el filtro de Instagram, desenfoca el resto y que se vea bien a Maradona, que es lo que, casi 30 años después, desde el Mundial de México 1986, ha sostenido a la albiceleste en el podio de las favoritas cuando se acerca cualquier competición que tenga dorado en la copa. Siempre habrá centenares de Me Gusta dispuestos a secundar la moción, por decreto al fútbol o por labia.

Los filtros, se sabe, son una impostación de la realidad, un pastiche, un falseamiento que embellece un cuadro de la realidad para presentarla como maquillada, modificada. Argentina no gana un trofeo desde que en 1993 se adjudicó la Copa América en Ecuador, cuando militaba un tal Simeone en sus filas, un arengador de piernas y recuerdo de la nostalgia. Con la boca pequeña se dice, si es que se acude a esa cita. La Argentina, como el Atlético huesudo y roído, adolece del olvido del césped, que no del recuerdo, pues la palabrería –casi tropiezo en el teclado, pues me iba a salir parafernalia- es la sal que le ha permitido flotar en un mar muerto.

Sabella confecciona nombres a los que les cuesta funcionar en equipo. El técnico ha sobrevivido gracias a una selección chupa-chups, ancha en la parte alta y esquelética tras el caramelo que representa el cuarteto atacante -con Messi, Agüero, Higuaín y Di María- y la debilidad del endeble palo, donde empieza la delgadez. El mediocampo, con Mascherano y Gago como la dupla de contención, suponen un salto conceptual y técnico respecto a su compañeros de arriba. Di María, portento físico, actúa como enganche para evitar que la zanja entre las dos líneas se convierta en acantilado, pues en ese momento ni tan siquiera la verborrea concede salvación alguna para los argentinos. Y el balón no miente.

En la trasera está el aire, o sea, lo volátil de esta selección, que de un momento a otro echa a volar del poco peso. La zaga, que normalmente forman Romero de arquero, Rojo y Zabaleta en los laterales y Garay junto con Fede como centrales, encajaron 15 goles en 16 partidos durante la fase de clasificación, lo que se intuye no es una marca alentadora para un campeón mundial. Sin embargo, las apuestas no conciben una final en la que no estén Brasil o Argentina, tal vez porque ningún equipo europeo reinó en suelo americano o tal vez por fanfarronería.

La palabrería no es un método que a día de hoy esté demostrado como eficiente en el césped, el escenario donde sólo importan los pateadores y no qué se digan entre ellos. Hablar no es vinculante, nada importante. Como este artículo, que es eso, sólo palabras.

Twitter: @Ninozurich

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s