Como en los mejores matrimonios

RaaamosDurante la euforia uno se sume en la nada. No existe ni el tiempo, ni el espacio, ni las veces que braceas a tu alrededor, ni a quien golpeas en la eclosión. En la euforia no existe nada pero es el todo. Todo se vive en unos momentos y todo se experimenta con mayor efusividad cuando se llega al culmen. El cerebro humano funciona de una manera que no recuerda conceptos generales, sino instantes. Los grandes triunfos vienen a la mente en gotas minúsculas, en chispazos, en calambres que voltean el cuerpo y que lo hacen preso de las arritmias más intensas. Ayer, en Lisboa, había aficionados que celebraron los goles como si fueran esos muñecos hinchables erguidos por la fuerza del aire, propulsados por la espera de 12 años y 93 minutos, por la desesperación de la vuelta a empezar con las manos en la cabeza y el quiebro al destino en el último minuto. Propulsados por Ramos. Como en Múnich. Como en Polonia. Tuvo que ser él quien se adueñara de uno de esos instantes que por siempre electrificarán el pensamiento cuando se produce la Décima. La de Ramos.

En Ramos se produce esa ambigüedad de opiniones que sólo generan los grandes personajes, es decir, los grandes hombres. Tiende a tropezar para luego levantarse de un brinco y que todos miren hacia arriba para encontrar su figura. Ramos despertó tantos “Tenía que ser él” cuando su remate entró a gol porque respira, come y bebe madridismo. Y lo dice. Y lo muestra. Y lo recoge cuando lo pisotean, lo limpia y lo viste. Lo adora. Y lo ama. Por eso en su décimo año en el Real Madrid se le concede el título de líder natural en el vestuario y por ese ímpetu alcanzó el estandarte reservado para los perpetuos. Cuerpo, alma y espíritu hacia un escudo. Fue él.

Y también fue el Atlético de Madrid, el equipo que se apoderó de su propia euforia para encaramarla como blasón a su causa. Lo que el equipo de Simeone ha conseguido escapa del fútbol, es más, se expande a la vida. Es una doctrina aplicada a cualquier aspecto de la existencia, esto es, un ejemplo para las circunstancias de decadencia y flojera. Y su mayor triunfo no es llegar a la final de la Copa de Europa, ganar la Liga o enterrar el bipartidismo de un deporte que se volvía espeso y repelente, sino que bien merece el aplauso la consecuencia que vino tras esto: que todos acepten la idea y le den utilidad. El Atlético ha enseñado a vivir desde el compromiso y el esfuerzo. Y sus chispazos también se recordarán, siempre, como los que hicieron de una idea el estilo y que ese estilo sea admirado por todos los colores. Y, sobre todo, que sea respetado.

No fue suficiente porque la convivencia del Real Madrid y Europa es convulsa, como en los mejores matrimonios. De idas y venidas. De gritos y besos. De insultos y te quieros. De polvos extraordinarios que duran cinco años como discusiones que se alargan 32. En la casilla de salida, el Real Madrid sólo tiene dos opciones a la hora de empedrar el camino: o se gana o se fracasa. No hay conformidad en el camino a medias y el madridista sólo muestra satisfacción cuando, a pesar del retraso de la cita, de los dolores de cabeza y las noches en el sofá, de los gatillazos en domicilio ajeno y de la exigencia del campeón, a pesar de todo ello, Europa grita las dos palabras de las que germinó la institución, la muestra de que hay reconciliación, como en los mejores matrimonios, y que el placer es correspondido: ¡Hala Madrid!

Twitter: @Ninozurich

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