El cajón de sastre

19112-944-582Al Real Madrid le pasó lo que a cualquier solterón un mediodía dominguero: fue a freír dos huevos y se le partió la yema. Con suerte, consiguió salvar el alimento y presentarlo de aspecto comestible en la mesa, si bien su foto plastificada no valdría ni para adornar el bar de la esquina. Se presuponía un día de celebración y regocijo, nada que empañara un 3-0 cómodo de la ida por mucha trampa que Klopp preparara en el Iduna Park, que debe a su nombre la misma fidelidad que las monarquías a su deber, o sea, nula. Y es que el Real Madrid goza de sufrimiento europeo por naturaleza, como una especie de tradición masoquista que resta mérito a cualquier acción que no esté impregnada de sangre, así que decidió autozancadillearse por si acaecía alguna duda de su impuntualidad anual.

Es desagradable esta actitud madridista de resbalar siempre en suelo alemán, normalmente a la misma altura, en las eliminatorias decisivas, para ruborizar su imagen. Lo hace con cierta desazón terrenal y una bandera que jura un no volverá a ocurrir con letras de plastilina, a lo que los alemanes responden con un incipiente crecimiento de colmillos por toda dermis sugestiva de daño al contrario, pues no se entiende otra razón por la que mordían tantos balones como sombras de remontadas se arremolinaban en campo merengue. Hubo un amago, un lapsus corto, casi un engaño, que sepultó con maderas la ventana del pesimismo y hasta se asomó un pulgar hacia arriba por el banquillo de los visitantes: Piszczek tocó el balón con mano izquierda en propia área, asunto que al árbitro de la contienda pareció entender como pena máxima pese a la otra pena, de aficionados y jugadores locales, y risa socarrona de Klopp, quien comprendía como destino aquel sobresalto. No todas las trampas iban a ir a su favor. El caso es que Di María resbaló y cayó el fideo en la sopa de infortunios recién calentada con primera cucharada para Weidenfeller. Ahí se rompió el Madrí como lo hacen las onzas de chocolate: de una sola vez y sin migajas.

Entonces se atisbó un hambre atroz en los alemanes, que usaron de trampolín la desgracia para empotrarse contra la meta de Casillas. Es una debilidad (otra) del Real Madrid el dar facilidades a los contrarios a través de sus propias miserias, de sus desgracias. El de Ancelotti es un conjunto visiblemente afectado en la desdicha y consecuentemente vulnerable en la reacción, que ofrece la posibilidad al adversario de atacarle sin pudor como única opción a riesgo de asemejarse a un regional si rechaza la invitación. La primera parte fue un festín de despropósitos en campo visitante, un caldo de cultivo de errores que castigaron bisoñez (Illarramendi) y experiencia (Pepe) en dos acciones que de haber significado eliminación se habrían trascrito al libro de mayores irrespetuosidades al fútbol. Ya les digo que cualquier equipo con un mínimo de amor propio no hubiera rechazado semejantes bandejas de oro que sirvieron los antes nombrados en forma de despejes (o despellejos), y el Borussia es (sigue siendo) subcampeón europeo. Perfectamente hubieran pasado el vasco y el portugués como culés disfrazados si no llegaron a costar tanto.

Fue Reus, el futbolista que mejor combina la estética física con la estética futbolística, el que afeó la zaga madridista. Primero hizo flotar a Casillas cual Cristo en Monte Calvario, sin cruz pero con un rostro que evidenciaba pinchazos en la cabeza, como si llevara una corona de espinas punzándole el cráneo; después lanzó la jugada del segundo tanto y remató lo que dejó vivo Lewandowski en el palo. Marko necesitaba redención por no enclavar en Chamartín y al encarar la bocana de vestuarios al descanso había fuentes que afirmaron ver una aureola alrededor de su testa. Qué jugador este Reus, capaz de hacer recular totems con la mirada, imagínense a Ramos, Pepe y Xabi con el culo pegado al césped y suplicando por sólo la puntita. Grotescos eran sus pases interiores, suaves al colocar el pie y tajantes en la ejecución hasta el punto de formar rotondas de tráfico a su alrededor.

El mayor dolor para el Real Madrid fue que el BVB no dominó, pues sólo aprovechó la inercia del nerviosismo y la descolocación (física y mental) del visitante. El Madrid sufrió porque su descomposición era colectiva y su enjuiciamiento, fácil y rápido. Sí es verdad que se desperezó en la segunda mitad, cuidado con lo que se podría haber montado si no llegan a mover un dedo, aunque sea por decoro. Benzema y Bale se camuflaron de islotes desiertos, pero acertaron a conectar disparo en alguna acción para mostrar dorsal con pésimo resultado (y acertadísimo para Hummels). Se estabilizó el juego durante unos minutos, los suficientes para creerse a salvo antes de que Mhkitaryan lanzase al palo cuando Iker ya miraba al círculo central. La acción que precedió al olor ciscado del madridismo erigió en Reus (otra vez) su verdugo. Bien por confirmar los elogios o bien porque en esos momentos no había mayor talento que el suyo, filtró un balón entre tres centrales como el que enhebra: con suma delicadeza. Suerte que el armenio creció viendo a los Redondo o Mijatovic, pues si no es inexplicable que concediera el indulto por segunda vez (ya falló un remate en área chica durante el minuto 18).

Casillas no había engrosado portadas hasta entonces y vio oportuno comenzar con el recital que gusta a la prensa. Hasta en tres ocasiones paró a bocajarro balones que tenían serigrafiados prórroga en sus cueros y que quedaron prorrogados porque así lo quiso el de Móstoles. El testigo lo recogió Casemiro al cambio, que se sintió estupendo en el caos. Gustosa labor la del brasileño, quien desempeñó lo que mejor sabe hacer, o sea, no crear fútbol, y a punto estuvo de salir beatificado de Dortmund con la retirada de su camiseta y un lema a su espalda: “Aguanta la bola y mantendrás tus pelotas”. O algo así parecí entender a Sanchís.

El coste moral de estas semifinales es autodestructivo para los madridistas. No rebosan capacidad de reacción entre sus atributos y se empequeñecen al mínimo síntoma manifiesto de superioridad contraria. A entrenar se envía, si es que se puede, la fragilidad que exponen. Con el final de temporada incandescente, el Real Madrid se asemeja a un cajón de sastre, del que se puede pinchar uno con la aguja contaminada o sacar un pepinillo de la cena anterior, que es lo mismo que confiar en la incertidumbre, una costumbre que rara vez se recompensa con la Copa de Europa.

Twitter: @Ninozurich

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