La epifanía simeónica

atletico-Arsenal03Cuando Diego Costa casi se desarma al caer al césped, la grada no sabía si gritar de júbilo goleador o de horror viendo que su delantero hispano-brasileño podría haberse esparcido en más de dos divisiones. El ariete –nunca un lenguaje bélico se acomodaba mejor a un delantero- enganchaba una pelota en el aire con cierto olor a leyenda de los Cruyff, Fernando Torres o Ibrahimovic en la ejecución, y un poco también a la definición torpona de Blanco en el 98, que dejaba el balón con chichones en la red por tres motivos: a) robo de Gabi, b) bandeja de Koke (porque su centro era de plata) y c) remate de Costa. Tres minutos de cocción para que el Manzanares hirviera como lo hacen los escupitajos en los cráteres: en el acto.

Aquí no cabe más introducción, puesto que en el imperio de Simeone sólo se acepta el agotamiento físico y mental como tarjeta de salida. Abbiati engulló de un sopapo el cholismo, una doctrina bastante indigesta para los rivales que se pasean por la plaza rojiblanca, y expresaba su desilusión con rostro casperiano. Era el fin, se pensaba por la Lombardía, cegada en parte por el desprendimiento de retina que se sufría en cuanto los destellos dorados de la zamarra italiana se reflejaban sobre el espectador, cuya encrucijada residía en si arriesgarse a perder la vista o tumbarse a tomar color. La cosa empeoraba cuando el plano contenía a un Kaka’ ataviado con el brazalete fosforito, que bien se sabe es un color causante de náuseas visuales por sí solo, así que su conjugación con el dorado casi trae gastroenteritis a más de uno. Como a Juanfran, que en un despiste de marca evitó el baile cuerpo a cuerpo con el capitán brasileño, auspiciado, al parecer, por una urgencia de última hora. El cabeceo de Kaka’ posibilitó el empate y supuso su reacción más acelerada en Madrid desde…desde…nunca. No contento con aquello, Juanfran pasará a la historia del fútbol como el defensa que permitió dos remates de cabeza francos para Kaka’, cuyo salto se asemeja al de una hormiga (por altura y por lentitud).

Al Milán le salieron colmillos de sopetón y confundió al Atlético con un enorme trozo de carne, influenciado tal vez porque Essien y De Jong babeaban como los perros de presa que son, por más que se empeñen en vestir de italianos. Pareció preciso recordar las siete Copas de Europa que había sobre el césped para entender la flojera que poseyó al Atlético, con cierto olor a pestilencia al ver 11 jugadores detrás de la pelota cuando conduce Essien, que es como si a uno se le abre el apetito después de un anuncio de Bridgestone. Se intuían ya las pupas con un Poli que colgaba balones desde la derecha al ritmo que se estrellan las gotas contra la ventana: una detrás de otra. El Atlético se agobiaba porque veía un año XVIII sin cuartos de final de la Champions. Por suerte, los madrileños cuentan con un turco barbudo capaz de transformar un desahogo en gol. Arda Turan, ataviado con esa barba moruna que parece romper los protocolos del esmoquin y la elegancia, como también le pasa a Benzema, es el jugador más querido del Atlético porque es lo más cercano a un 10 que han tenido en los últimos años, por dorsal y por inteligencia. Y por redención, claro.

El partido se zambulló en la mayor de las ficciones cuando a Raúl García se le ocurrió rematar por medio acrobático un balón llovido que casi empotró en las redes. Escuché que se referían a una tal chilena, pero yo prefiero llamarla norcoreana por el simple hecho de ser inaccesible para sus congéneres mediocampistas. A punto estuve de reclamar ante Neptuno una disculpa después de tragarnos lo de Armstrong en la luna y la Operación Palace. “A mí no me coláis ni una más”, epilogué en un manuscrito harto de tantas utopías.

El partido murió justo cuando se planea: al filo del descanso. Para entonces y especialmente después de la reanudación, Balotelli era un reflejo de su sombra y no al revés, pisoteado por los contrarios y difuminado por las siluetas de los contrarios. Desaparecido. SuperMario es un Ibrahimovic frustrado. Se enoja con sus compañeros, reclama atención y protagonismo, exige un trato reverencial, esconde sus errores (como Zlatan), pero no juega al fútbol, que es la diferencia que le separa del sueco. En cuanto desfallece como estrella en su deporte favorito, opta por el segundo: el wrestling. La segunda parte fue una conversión anunciada. Milán pasó de capital de la moda (en entredicho desde que salieron al campo) a capital de la mofa al vigésimo gol de cabeza de Raúl García en su carrera (de 54) y al enésimo escorzo de Costa en el área, acabado en tanto.

La epifanía simeónica concluyó con la ovación al cambio de Raúl García, Arda Turan y Koke, las tres patas de acero de la mesa. Al no permitirse cuatro sustituciones, la última zanca (Gabi) prosiguió correteando para que la estructura no cojee, vaya a ser que se enturbien los pensamientos de los que aún se preguntan por qué son del Atleti.

Twitter: @Ninozurich

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s