La elección del garbanzo

ESPAÑA / ITALIA

Prueben a meter un garbanzo en agua. Flotará, se moverá a su antojo y se mojará, pero no hará nada más. Si acaso seguir flotando hasta que se consuma el líquido y quedar en nada, que al final sería como abrochar el último botón de la camisa de Florentino Fernández: un ejercicio de contención absoluto que, además, es ineficaz. Ahora entiérrenlo en tierra. Ahí será subterráneo, invisible y, al añadirle líquido, emergerá por su fuerza y saldrá a la superficie. Obtendrá la fuerza que necesita rodeado de suciedad y sombras para alcanzar el sol, recompensa del que ha terminando pegando hasta a su madre por sacar la mano y florecer.

El garbanzo se llama Diego Costa y las dos situaciones representan la consecuencia y la esencia de su estilo. Dos versiones, para entendernos. Una, la de España, en la que se muestra participativo, generoso en el juego de retención y servicio, poco incisivo en el encare y tímido en el mordisqueo. Como consecuencia, como le pasó ante Italia, termina flotando entre un mar de rivales sin más incisión en el juego que una mera referencia en ataque, un punto que no adelante la zaga adversaria, lo que en términos geográficos se aproximaría preocupantemente a un islote inhabitado, que no sirve para nada si se descarta la idea de las vacaciones. Y la selección española no es un resort.

La otra modalidad, la que gusta, es la del Atlético de Madrid. Allí, con mesetas de césped por recorrer, evoluciona hacia el apego al golpe. Suele ocurrir que esta es la versión que más se espera de Costa porque ofrece el valor añadido por el que se fijaron en él: la voluntad de agarrar el cuero y arrancar cada escudo que se encuentre a su paso. Patalear el campo como si cuatro rubias le guiñaran el ojo en la portería y le enseñaran carne, normal que en esa situación esté dispuesto penetrar (defensas o lo que sea). Pero para ello necesita generar espacios y desmarcarse (aprender de Güiza), que no es tarea sencilla cuando las líneas del rival se estrechan, que es lo que hacen todas las selecciones cuando ven a Vicente Del Bosque.

España no corre, que es lo que más le gusta a Diego. España acelera, en el día que está maja, que es el día en el que está Pedro, cuando supera la penúltima línea y se encuentra en la parcela terminal del campo, con superioridad de pelota, cabezas y juego. Es en este tramo cuando se produce la encrucijada de Costa: ni tiene terreno para correr ni rivales que atormentar. Así que debe optar por el pase en corto y rápido, posibilitar la pared u optar por la jugada individual, ésta última poco dada porque entre los comensales abunda más la comida minimalista que los pucheros castizos. Diego Costa acaba diluyéndose y arrugado, tan pesado como un garbanzo que se ha empachado de agua y sólo puede rodearse a sí mismo.

Diego Costa irá al Mundial, inevitablemente, por la presión mediática de la que han sido sujetos tanto él como Vicente del Bosque, porque la posibilidad de enojar a Scolari y juguetear con las personas es una faceta poco relativa al seleccionador. Pero, ¿es útil un Costa que no ofrece la alternativa por la que se le ha escogido? Lo más lógico sería acudir a la cohibición como génesis del percal, algo que si es continuado lo definirían como un delantero más. Es posible, no obstante, que España no sepa jugar con delantero de grilletes en área y necesite un satélite que circule por todo el frente y descongestione. Es posible que Costa y Negredo sean suplentes en Brasil. Es posible que España no necesite delanteros.

Twitter: @Ninozurich

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