Atenas suena a Míchel

BhWXUmBCcAAK1UIArribó el Manchester United tallado en mármol pentélico a la ciudad helena por excelencia, Atenas, puesto que su efigie durante su estancia entre los mares del Egeo se asemejó más al Partenón que les vigilaba que a unos peloteros del balompié. Compartía la misma movilidad que aquella edificación majestuosa, que no tenía otra función que la de refugiar a los dioses y fieles que se atrevían a adorar a Atenea. Sin embargo, sobre el césped griego no hubo más que unas ruinas sin figuras endiosadas y sí un arquitecto fracasado, Moyes, que recordará la noche como la visita del dentista sin licencia.

Los ingleses venían a hacer turismo, por encima de todo, con sus regateos infructíferos en los mercados atenienses, que hace tiempo dejaron de ser caritativos para ejercer una agresividad sin perdones. Smalling, que andaba buscando la pelota entre sus calcetines, tropezó con una china y cayó al suelo, lo que propició que Hernán Pérez acudiera a su cuerpo como van los cuervos a la carroña: en picado. Una vez arrancado el músculo de la presa, Chori Domínguez, que es el argentino más mediterráneo que existe, con cabellera y tez morena, paseó por una alfombra roja desplegada a medias entre Vidic y Ferdinand, como si éstos decidieran inmolarse para volver a los aposentos de Ferguson y refugiarse en los brazos del padre. Suerte que el Chori llegó a meta rival con la fuerza de un ciempiés, lo que le obligó a elegir entre corazón o muerte por asfixia y obligó a Vidic a salvarle (y salvarse) la vida antes de que todos desfallecieran en el acto: unos por cansancio y otros por indolencia.

La pareja que formaron Vidic y Ferdinand entona cierto canto de gramola de una foto en sepia y roída por los años, una estampa que evoca los nombres relucientes en un pasado y que ahora, con 32 y 35 años, destiñen de rojo a cobrizo la camisola que visten. Chirrían en el despeje y se oxidan en la salida de balón, cuyo repertorio incluye, además del pase al banderín de córner (bastante preciso), un intercambio entre ambos con más huidas neuronales que nacimientos. Eso les pasa por carecer de un creativo de pincel, que ni Carrick ni Cleverley alcanzarían en décadas, puesto que su lienzo sólo admite brochas gordas y, para uno que admite cierta finura en los trazos (Rooney) acaba desquiciado por la ineptitud que le rodea, con dos alas (Young y Valencia) con más recorrido en suelo que en aire y un punta (Van Persie) sin afilar. Así es imposible pinchar, así que Rooney la toma primero con el árbitro y, después, con el césped, martilleándolo de forma tan pueril que a punto estuvieron de acompañar las lágrimas del berrinche a sus mejillas enrojecidas por la ascendencia anglosajona. Una escena que sería entrañable si no tratara del niño mimado.

A todo esto, Olympiakos rehuía de los desprecios al balón, a quien le lanzaba besos tímidos, casi sin querer, como si no quisiera impresionar a las primeras de cambio para que la cita no se arruinara demasiado pronto. Tomaba la iniciativa, eso sí, pero vista la primera media hora, casi que se hubiera hecho bien en apagar el televisor durante unos minutos en señal de luto por el fútbol. Suerte que no se hizo. Estaría bien, después de tragarse semejante indigestión, que nos perdiéramos el primer gol, obra del Chori, que metió la puntera como el que mete el dedo índice en el grifo para testar el agua: con miedo. Una triquiñuela que casi le rompe el tobillo, pero que le partió el alma a De Gea, incapaz de parar aquel trile.

Era un chiste que se echara de menos a Mitroglou en la previa, no después de que a su homónimo neerlandés, Van Persie, le crecieran las canas del sillón como a un anciano frente al televisor, quieto e inmóvil desde que se iniciara la batalla, que ni siquiera se inmutó cuando incrustó el balón en la luna casi al final, lo que hubiera dado un zeppelín de oxígeno a su entrenador, más púrpura que nunca. Y más maduro que ninguno, Campbell agarraría instantes previos un balón en tierra de quien estuviera, despojó de cualquier dignidad a Vidic (exhausto de tanta fuga en su crédito), al que repudió con un cañosférico (una mezcla entre túnel y hecho estratosférico) y después engulló la bola en una rosca que dejó a De Gea sin hambre y con la despensa asaltada.

Para entonces, y viendo que un tercer gol se atrevería a pasearse con más frecuencia que la lluvia gallega, Atenas atronaba sus cimientos con el cántico de la semana, en honor al que afina y hace sonar: Míchel.

Twitter: @Ninozurich

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